De qué hablo cuando hablo de comer.
Gozamos la experiencia humana al margen del mundo ya que es mal visto exponerla en público. El luto y la pena se llevan en silencio, con dignidad; el amor se viste de pudor y respeto, la fortuna se esconde por miedo al mal agüero. Nos protegemos con baratijas y escapularios, ocultándonos bajo ropa holgada, persignándonos con la cabeza baja, como sin querer llamar la atención. Usualmente nos recluimos antes de responder a esa naturaleza que nos llama –ya sea desde lo escatológico o lo emocional- por medio de nuestras vísceras, de nuestro pecho que retiembla ansioso con un mensaje de carácter urgente. Los placeres también se sacian en privado, a puerta cerrada. Es en la intimidad donde se suelta uno el pelo y con ello se suelta también el resto: La lengua, la ropa, la verdadera personalidad. Se sueltan la tormenta y la zozobra, el caos y el orden, la furia y la calma. Allá afuera somos de los otros, dentro somos de nosotros. Las maneras se guardan y la línea que divide lo público...