De qué hablo cuando hablo de comer.


Gozamos la experiencia humana al margen del mundo ya que es mal visto exponerla en público. El luto y la pena se llevan en silencio, con dignidad; el amor se viste de pudor y respeto, la fortuna se esconde por miedo al mal agüero. Nos protegemos con baratijas y escapularios, ocultándonos bajo ropa holgada, persignándonos con la cabeza baja, como sin querer llamar la atención.
Usualmente nos recluimos antes de responder a esa naturaleza que nos llama –ya sea desde lo escatológico o lo emocional- por medio de nuestras vísceras, de nuestro pecho que retiembla ansioso con un mensaje de carácter urgente.
Los placeres también se sacian en privado, a puerta cerrada. Es en la intimidad donde se suelta uno el pelo y con ello se suelta también el resto: La lengua, la ropa, la verdadera personalidad. Se sueltan la tormenta y la zozobra, el caos y el orden, la furia y la calma.
Allá afuera somos de los otros, dentro somos de nosotros. Las maneras se guardan y la línea que divide lo público de lo privado es clara excepto en una ocasión: Cuando se trata de comer.
El acto de comer es un suceso que involucra todo el abanico de facetas que integran al hombre. Puede ser al mismo tiempo una declaración política y un ritual, la respuesta a un instinto salvaje o una experiencia de tinte espiritual. Un proceso desempeñado a través de una serie de protocolos rígidos y una vivencia llena de soltura, de erotismo y desinhibidez.
Es historia y pasado, magia y futuro. Es legado y cultura pero también producción inacabada de mestizaje y experimentación.
La cocina es técnica y emoción a la vez. Es orden y desenfreno. El comer navega entre las aguas de lo propio y lo inmoral, lo contenido y lo voraz; lo religioso y lo impúdico.
¡Cuán ceremonioso puede ser desenvolver un tamal como si lo desnudáramos, despojándolo de su abrigo mojado! ¡Cuánto revela de nosotros la manera en que comemos la fruta!
Habrá quién sólo la tome cuando está cortada en un plato llano y habrá quién la bese y la muerda, que se llene los dedos y los labios con ella, como si le estuviera haciendo el amor.
¿Qué me dicen del acto de tomar el pan? De cortarlo con cuchillo o partirlo con ambas manos, de remojarlo en salsa o de untarle mantequilla.
Deberíamos fijarnos hasta en cómo usamos una servilleta: Si acaso la tomamos con delicadeza para limpiarnos las comisuras de la boca, doblándola en triángulo al terminar o si la cogemos entera y la estrujamos contra nuestra cara como cuando nos sonamos la nariz. Si la colocamos de nuevo al lado de nuestro plato o si la echamos hecha bolita donde sea.
Pero no es sólo en sus formas que el comer se nos revela como testigo de nuestra historia personal; es su origen el que ha guiado a la humanidad en su eterno migrar a una sociedad más evolucionada: El hambre es el instinto primordial del homo sapiens. Obedecerla es la base para construir una mejor versión de nosotros y por ende un puente hacia el desarrollo de la humanidad.
Nacimos hambrientos y desde el principio de los tiempos nos hemos dejado arrastrar por esa ausencia. La ciencia ha avanzado buscando nuevas formas de alimentarnos, el descubrimiento del fuego nos permitió comenzar a distinguir los diferentes términos de cocción de la carne, la agricultura hizo posible los primeros asentamientos humanos, el afán por domesticar nuestro entorno y adaptarlo a nuevos esquemas de alimentación ha modificado ecosistemas, transformando completamente el paisaje rural y urbano.
A través de la comida hemos encontrado la divinidad y la condena, el exceso y la gracia, la distinción entre pobreza y riqueza.
El fruto prohibido –encarnado en una manzana- provocó nuestra salida del paraíso y condenó para siempre el rol de la mujer como arpía rastrera, como serpiente ladina, como objeto mismo de deseo, fruto de una naturaleza –según nos han dicho- quizás más débil, quizás más avispada que la del hombre con quién compartía la carne –en el sentido figurado y en el literal-.
La imagen de la abundancia se representa con un cuerno del cual brotan frutas seductoras y llenas de rocío, como bañadas con lágrimas de ángeles celosos, ajenos al placer del alimento.
En la tradición católica los creyentes se “alimentan” del cuerpo de Cristo, las festividades judías están llenas de festines con recetas especiales cuya preparación es parte también de su rito. Tanto en la cultura musulmana como en la judía, el rechazo hacia ciertos tipos de alimentos es una manifestación de respeto hacia su tradición y a su historia. La decisión budista de no consumir carne es una extensión lógica de su creencia en la reencarnación y en el ciclo de la vida.
Los retratos de antiguos soberanos están plagados de referencias al acto de sentarse a la mesa, son pintados sosteniendo parras de uva, copas de vino o comiendo. Su propia figura es la conceptualización de la riqueza: Obesos y enfermos de gota, con los labios mojados de frutas recién mordidas con violencia, llenándose la barbilla con la sangre que emana de su pulpa.
Imagen contraria a la plebe, con harapos rotos que dejan entrever un cuerpo huesudo y unos ojos caídos “muertos de hambre”. Símil a los óleos de los Santos, mártires de ayuno y penitencia. En el imaginario colectivo Siddartha Gautama vivió los dos extremos de esa dualidad antes y después de convertirse en Buda: Primero como el anacoreta penitente y más tarde como el profeta rechoncho más cercano al hedonismo que al sacrificio.
El hecho de comer ha conllevado una serie de símbolos que podemos apreciar en el arte a través de la iconología o la tradición: Las jóvenes maiko enviaban un pequeño pastel de arroz adornado con una fruta roja en medio, emulando la oferta de su virginidad y la venta de su desfloración a los postores interesados en participar de su transformación en geishas; el antiguo pozole azteca representaba la victoria sobre los vencidos que eran derrotados simbólicamente una vez más en medio de un festín caníbal, evento que es reproducido ahora con carne de cerdo o pollo en las festividades mexicanas.
También hemos convertido al comer en un código de etiqueta, de manifestación de estatus o estratificación social; hemos escrito leyes que regulan el intercambio de bienes alimenticios.
Añadiendo la idea de lo afrodisíaco, el comer se ha convertido en un preludio del encuentro íntimo, participando incluso de él como generador de erotismo o como juguete sexual. En la nueva era de la comunicación, asociamos emoticones de alimentos con diferentes puntos erógenos.
Para el acto de comer no hay límites ni barreras que no puedan ser cruzadas, somos sus amos y esclavos y nos encanta jugar a romper las reglas sociales usándolo como pretexto.
Nunca sabemos qué va primero: El propósito de congregación a través de la comida o la puesta en escena de la mesa que espera a sus invitados.
Ella es protagonista de la historia, el hilo conductor de la conversación y el encanto. La maestra de la sinfonía de platos y cubiertos. El medio por el cual vivimos la primera cena o la última. La testigo de la condena o la celebración. El debut y despedida.


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