2 de Octubre.
¿Quién contará nuestra historia cuando estemos
muertos? ¿Cincuenta años serán suficientes para morir de una vez y para
siempre? ¿De qué nos sirve el tiempo cuando estamos condenados a vivir el mismo
día cientos de veces? ¿Cómo entendemos el cambio si el duelo no se acaba? ¿Cuántas
generaciones tendremos que contar año con año a los que siguen de nosotros,
aquel episodio, -el más amargo, el más vergonzoso-; para que no se nos olvide
nunca, para que jamás demos por sentado lo que sacrificaron por nosotros, lo
que ganaron para nosotros -a medias y a regañadientes, pero ganado, al fin y al
cabo-?
¿Qué yace dentro de nosotros cuando cargamos el lastre
de la historia? ¿Qué pieza fuimos que sin haber nacido aún, ya llevábamos sobre
la cabeza el signo de peso que costó nuestra libertad? ¿Aquí quién dicta cuánto
vale una vida? ¿Cómo se subasta una existencia? ¿Quién se presenta a la reunión
y levanta el guante blanco para ofertar lo que está dispuesto a hacer por
nuestro silencio? Desde aquella noche nos han convencido de que fuimos nosotros.
De que nosotros, con nuestra imprudencia, nuestro desconocimiento del mundo,
jalamos el gatillo. ¿Cuántas palabras cuestan una bala cruzando el pecho de un
amigo? ¿Cuántas comas, cuántos puntos representan las heridas que no han sanado?
¿Cuántas quejas, cuántas reuniones justifican una noche de horror? ¿Cómo se
llama este dolor, esta rabia por haber perdido lo que nunca conocimos, esta sed
de justicia que parece no ser saciada? ¿Quién se levantó la mañana siguiente a
limpiar la vergüenza, a barrer los cristales rotos, a cepillar la sangre de
tantos, de ninguno? ¿Cuántos regresaron a casa? ¿Con qué poco pudor miras a
otro de frente y le respondes que se “perdieron treinta o más” cuando hay
tantas sillas vacías? ¿Con qué frialdad tomas una cámara y diriges un
holocausto? No se quema evidencia con el latigazo del miedo, no se resanan las paredes
llenas de huellas con un carpetazo, no se consuela el vacío de una pérdida con
un discurso, no se niega la verdad. No se encubre la verdad. No se vende la verdad.
No se mancha la verdad. ¡No!, ¡No!, ¡No!
¡Se expone la verdad! ¡Se divulga la verdad! ¡Se
canta la verdad! ¡Se retrata la verdad! ¡Se escribe la verdad! ¡Se documenta la
verdad! Se recuerda la verdad. Se
vomita la verdad hasta expulsar esa verdad que nos quema el estómago, que nos
aprieta la quijada, que nos agarrota el pecho. No se fueron, no se perdieron,
no los perdimos: Nos los arrebataron.
A sabiendas de todo, con alevosía y ventaja nos arrancaron ese pedazo de alma a
todos nosotros; nos dejaron desnudos, recargados en una pared cualquiera esperando
por nuestro destino, nos arriaron como becerros con un arma en nuestro costado,
nos dispararon, nos quitaron la vida, nos metieron a todos juntos –amigos y
enemigos- a un camión de carga y nos sacaron de ahí. Nos llevaron a no sé dónde.
Nos borraron de la historia, así como se borra el cero de una cifra sin que
nadie se dé cuenta. Nadie dijo si enmudecimos o gritamos de sorpresa, nadie
dijo si la muerte nos encontró llorando, corriendo, sollozando; nadie dijo si
nos dimos cuenta cuando nos llegó la hora, si nos cayó de repente o si la aguardábamos
desesperados después de horas y horas de llamarla; nadie dijo si alguien nos tomó
de la mano o si nos la soltó, nadie sabe cuánto quedaba de nosotros cuando se
nos apagó la luz por segunda y última vez, nadie sabe si podíamos recordar
nuestro nombre, si sabíamos quiénes éramos, en dónde estábamos. Nadie sabe si teníamos
familia, de dónde veníamos, dónde vivíamos. Nadie sabe. Nadie lo sabrá nunca. Nadie
piensa nunca que ya no pisamos más la tierra mojada, que las hojas no se
rompieron ese invierno bajo el peso de nuestras pisadas, nadie se pregunta si
nuestra voz se quedó enterrada debajo de la arcilla, la piedra o el cemento. Nadie
se tomó la molestia de decir algo más que “éramos unos treinta”. Pero podemos
recordar. Podemos mantener viva la memoria de lo que nos fue robado, lo que nos
desaparecieron, lo que nos negaron.
Podemos tener presente por siempre lo que aquellos
que vivieron la noche dos veces, nos otorgaron. Podemos cuidar y ejercer esa
libertad. Podemos agradecer la obligación de preservar ese derecho para los demás,
para los distintos a nosotros, para nuestras contrapartes, nuestros opositores;
para la otra voz del debate del que podemos participar, el otro lado de nuestro
racionamiento. Podemos defender al otro de las etiquetas mal intencionadas, ser
vigilas de la seguridad de sus palabras, de su integridad, de su derecho a
manifestarse, de su opinión, podemos ser su mano cuando intente levantarse de
la calle donde lo han tirado, podemos ser testigos de su lucha y respetarla,
podemos escucharlos, podemos ser el desconocido al cual se acercan cuando están
perdidos, cuando tienen miedo, cuando no les queda nadie. Podemos vivir el
cambio en toda regla, con ética, con responsabilidad cívica y ciudadana.
Podemos ser el líder que nos hace falta, el que queremos, podemos ayudar a
otros. Podemos enseñar a otros. Podemos aprender de otros. Podemos levantar
juntos la frente y decir:
“Todos nosotros aquí presentes queremos vivir, no
queremos ser valientes. Queremos permanecer íntegros cuando apaguen las luces
de la plaza, cuando alcemos la voz ante el atropello, ante la injusticia.
Cuando veamos a los ojos la muerte ajena. Queremos vivir seguros en medio de
esta orfandad social, política y ética, a la que estamos sometidos. Queremos
vivir más, queremos hacer más, queremos lograr más”.
Y tal vez entonces, ellos no estarán solos esta vez,
parados ahí, esperando la noche como hace cincuenta años, tachados de
comunistas, “rojillos”, incómodos, inconformes; nosotros los tomaremos de las
manos y gritaremos sus peticiones al unísono, ya no serán más un número ni una estadística,
serán un testimonio. Serán para siempre las voces que gritaron cuando bajaron
las luces y cayeron dos bengalas.
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