Sobre la economía del tiempo

    Estoy sentada sobre el pasto amarillo/verde del parque. Corre un aire agradable. No recuerdo la última vez que vine. Hace un mes quizás. Probablemente muchísimo más. El tiempo -como casi todo- es relativo. Ahora que oscurece tarde, añoro las tardes del otoño tardío cuando el sol empieza a ocultarse pronto y no hace calor. Cuando sea otoño renegaré de que el día sea tan corto, sintiéndome rehén de las pocas horas de luz. Es curiosa nuestra naturaleza contradictoria que inventó el concepto del tiempo sólo para enemistarse con él. Con las eternas horas de nuestra infancia desperdiciadas en pupitres mojados de sudor que se iban haciendo más pequeños conforme avanzaban las horas. Con los minutos flexibles como acordeón que pasaban mientras temíamos escuchar nuestro apellido dentro de una lista a la que no queríamos responder. Con los días fantasmas entre el final del curso y las vacaciones de verano, ese limbo inapreciado, misterio de generaciones de un periodo que está al mismo tiempo vivo y al mismo tiempo muerto. 

    El tiempo va tomando su ritmo en nuestras vidas y vamos aprendiendo a sentirnos más cómodos con él. Se podría decir que incluso se pone un poco aburrido. Después de ser una cuerda que se estira y afloja con violenta sorpresa, al crecer va calmando su paso y asentándose en el suelo que pisamos. Sus huellas se vuelven más tangibles y seguras. Dependen de ciclos específicos que seguimos para no perder el camino. Es el hilo de nylon que sostenemos para subir la montaña. A pesar de que nada nos asegura que terminemos de subirla, su tacto nos hace sentir seguros mientras lo hacemos. Nuestra relación con la cuerda -como con la vida misma-  es distinta para cada quién. Hay quien la toma, quien la sujeta y quién decide soltarla. La implicación de esa decisión, su origen y sus consecuencias vienen todas de distintos lugares. Algunos inadvertidos. 

    Cuando tenía 27 años hubo dos muertes inesperadas en mi familia; aunque ambas me impresionaron, una de ellas me afectó profundamente. La naturaleza de ese acontecimiento me dejó de alguna forma, suspendida. En una de las pocas inocencias que conservaba de la infancia no existía la posibilidad de que una persona sana muriera a los 30 años con tantos planes en puerta. La conciencia de que eso le podía pasar a cualquiera, rompió el velo -ya de por sí desgastado- entre el tiempo y yo. Se instaló entonces la semilla de una idea en mi cabeza que comenzó a germinar y a echar raíces por todos lados: La posibilidad de que me quedaran tres años para hacerme de una vida y la urgencia de construir una que me dejara irme satisfecha. Aunque el tiempo era corto, no parecía irrealizable. Después de todo, muchas cosas pueden ocurrir en menos tiempo.  Guardé esa promesa en un cajón secreto y dejé que  fuera guiando mis pasos y decisiones. Fue el hilo de nylon al que me sostuve hasta que me sangraron los dedos. Si alguien me hubiera visto las manos, probablemente me hubiera sugerido que aflojara el agarre. Eso es lo curioso del tiempo contenido en nuestra vida cotidiana: funciona como el guante perfecto para cubrir los callos de las manos y las locuras del alma. 

    Hace cuatro meses cumplí 30 años. A pesar de que los dos años anteriores observé  acuerdos y promesas perdiendo sentido en este universo lleno de improbabilidades e ironías, sentí que había fracasado rotundamente. Era evidente que no solo iba tarde en la carrera sino que además iba perdiendo impulso. Quedé atrapada en una angustia intensa de haber perdido mi tiempo en alguna parte y un terror paralizante de nunca recuperarlo. Esa promesa apremiante se convirtió en un luto desconsolado. Además de mi promesa rota, la vida me apuraba de otra manera. El trato era que si corría lo suficientemente rápido sólo importaba alcanzar la  línea puesta sobre la subida de la montaña. Esa versión de mí no tendría que preocuparse por subirla mientras enfrentaba el desgaste físico y cognitivo que supone la condición que tengo. Estar enfermo y envejecer es una pesadilla. El temor a lo desconocido cobra una dimensión completamente diferente. Mi vida no sólo está sujeta al tiempo del mundo sino también al tiempo de mi cuerpo. Los minutos pesan el doble. Ahora vivo a un ritmo distinto. Hace años que siento cómo las palabras se me escapan y desaparecen. Mis ideas no siempre alcanzan la velocidad que requiere mi boca. Por más que intente ocultarlo, a menudo regreso a casa con una sensación de humillación que me deprime. "¡Quería opinar pero todo iba muy rápido! ¡Aún tengo cosas que decir!" Me gusta escribir porque me da el tiempo que necesito para pensar. Cuando uno escribe no tartamudea. Mi cuerpo también ha perdido ritmo y se siente cansado. Hay días en que me levanto y tengo que preguntarme que actividad es más urgente completar porque es obvio que no voy a poder con todas. He tenido que fabricar un escenario finamente diseñado entre el mundo exterior y mi tiempo interior. Aunque hago lo que puedo para darle mantenimiento antes de cada función, hay días en que el telón se desgarra y se vislumbra la realidad que oculta. He pensado en él últimamente. Nadie sabe con certeza lo serio que son para algunos aquellas decisiones que enfrentamos juntos con la edad. ¿Puedo enfrentar cinco años de carrera si vuelvo a la escuela? ¿Aún estoy a tiempo de ser mamá? ¿Podré hacerlo?                                                                                                                  

    No es cierto que el tiempo es perfecto. Es perfectamente imperfecto. Para ser una medida exacta es bastante caprichoso. A veces siento que me escupe en la cara y otras siento cómo me extiende la mano. Por el momento he decidido soltar la cuerda completamente. La mayoría del tiempo me siento en caída libre y cierro los ojos esperando el golpe inminente. Otras veces -como la tarde de hoy sentada en el parque- pienso que tener las manos vacías quizás me permita sujetarme a algo más.


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