De por qué éste es "El Buen Lugar".


Nos hemos quedado sin oxígeno, el golpe seco que sentimos en el pecho es la señal inminente de que estamos muriendo. Como si nos arrancaran una capa invisible, toda sensación aumenta. Nos estamos ahogando, hace tanto frío que se nos abre la piel, el sonido nos revienta los tímpanos, no podemos abrir los ojos. La luz nos aturde. Parece como si fuera la primera vez que somos conscientes de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio exterior, de nuestra cáscara que ahora se mueve torpe y pesada como armadura de hierro. Que se siente vieja, innecesaria. Se siente satisfecha de vivir, quizás hasta algo embotada. El tiempo –que es elástico- se vuelve eterno durante esos primeros segundos que creemos perder la consciencia. Nuestro cerebro prueba ese truco de despertarnos a toda costa, enviando señales a nuestro cuerpo y provocándole convulsiones, movimientos violentos que parecen distraernos de nuestra falta de oxígeno, de nuestro desaparecer inminente. Alguien nos sacude. La impresión nos paraliza, nos asusta tanto que pegamos un grito que nos sale de las entrañas. Todo el terror que sentimos, la incomodidad y la angustia salen en un chorro directo y caliente desde nuestra garganta; cuando el grito va bajando de intensidad empezamos a percatarnos de nuestro entorno: Al parecer en medio del grito comenzamos a llorar. Sentimos la cara húmeda. ¿Hemos parado ya? Se siente como si el grito nos hubiera intoxicado, ahora todo se percibe más suave. Estamos apaciguando el llanto, el grito se convierte en susurro. Una calma nueva nos arrulla. Nuestra respiración se acompasa, estamos oxigenando de nuevo. Nuestros pulmones se sienten más fuertes que nunca, el interior se percibe liso, limpio, listo para ser estrenado. El frío desaparece, en su lugar yace una nueva sensación. Después de ser soltados a la inmensidad sin paracaídas como globos de helio, alguien nos ha tomado, nos ha cogido, no ha rescatado. Hemos sido cubiertos en la totalidad. La totalidad –aquella que antes nos parecía inmensa- la que antes de despertar rodeaba cada milímetro conocido y se expandía como ese helio, está ahora dentro de nuestro pecho. Nuestros gritos han cesado y así lo han hecho el resto de sonidos que tanto nos perturbaban. Todo lo ocupa un murmullo suave, como ola que viene y va; acompañado de la sensación de movimiento. Pero ya no nos sentimos más a la deriva, un ancla nos sostiene en medio del océano. Ya nunca estaremos solos. No del todo, no todo el tiempo. Hemos despertado. Hemos nacido. ¿O hemos muerto? ¿De qué lado de la puerta abrimos los ojos esta vez? ¿Acaso importa? Alguien nos acaricia la cabeza. Todo empezará de nuevo. Hemos de florecer, de crecer blanditos, demasiado blanditos para la tierra dura. Endureceremos, pero sólo lo suficiente. Quizás nunca lo suficiente. Algunos nunca endurecerán. Nos cansaremos, nos tiraremos al sol. Giraremos la cabeza para observar el movimiento de las nubes, algunas tendrán forma y algunas dejarán de existir. Miraremos el pasar de los días, jugaremos con las estrellas, bajo las estrellas, hacia las estrellas. Correremos buscando experimentar de nuevo aquella sensación primaria y magnífica de nacer y morir; de ahogarnos de oxígeno, de gritar hasta enmudecer, de nublar nuestra consciencia, de recobrar la calma después del llanto, de apagarnos para volver a ser encendidos como antorchas. Hemos de aferrarnos a una memoria efímera y humana, nunca tan duradera como para volvernos inmortales, nunca tan fugaz como para brindarnos clemencia. Olvidaremos, quizás para siempre, quizás nunca. Las instantáneas más vívidas se quemarán en pequeños incendios que arrasarán el campo para que más trigo crezca. Sembraremos. A veces con fe, a veces con desesperación, a veces con orgullo, a veces con vergüenza. Cultivaremos y recogeremos llenos de gozo como si la cosecha no hubiera costado nada. Sonreiremos. Exudaremos calor, vida, amor. Amaremos. Perderemos. Nos perderemos. Nos encontraremos. Volveremos a amar. Amaremos la tierra que pisemos y la que nunca conoceremos, la mano que nos acompaña, la que nos arrulla, la que nos acaricia, la que acariciamos, la que sostenemos. Amaremos al amor. Haremos al amor. Lo moldearemos. A nuestro capricho, a nuestro placer, hasta el cansancio, hasta entender que el amor no es moldeable; que nosotros lo somos. Que nosotros somos amor. Que el amor que habita en nosotros puede ser firme y flexible al mismo tiempo, que es suave y duro, que es caliente, que es brisa, que es agua, que se evapora y se asienta de nuevo. Que somos cáscara, vacío e inmensidad; forma y fondo, cubierta y contenido. Que nadie puede moldearnos pero que todo nos moldea, que todo debiera moldearnos. Que nada tiene sentido, que todo lo tiene. Que el tiempo no existe pero es. Sentiremos ese cansancio otra vez, muchas veces; ese cansancio de cuerpo muy usado o bien desperdiciado. Nos ahogaremos momentáneamente, de aire, de tiempo, de amor. Cerraremos los ojos ante una luz desagradable para luego quemarnos las pupilas mirando directamente al sol. Abrazaremos por primera vez y nos despediremos muchas veces. Muchas. Más de las que esperamos, más de las que esperamos merecer, más de las que deseamos. Lloraremos de angustia, sufriremos, padeceremos y seremos felices. Nos abriremos como flores a la posibilidad, a la incertidumbre, a la certeza, a la realidad. Sabremos que vivir es morir poquito y recordaremos la primera muerte que experimentamos: Aquella que nos llevó a la vida. Volveremos a cerrar los ojos. Esta vez para siempre, al siempre que nunca ha existido. Abriremos nuestros párpados. Alguien más nos dará la bienvenida, no será nuestra primera vez. No será la última. Respiraremos como nunca -ese nunca que tampoco existe- y volveremos a empezar de nuevo, donde quiera que sea, porque el tiempo es un hilo con cachitos de memoria que se tuerce y se compone sin ciencia, con vida propia, con alma propia. Porque el tiempo somos nosotros, convertidos en luciérnagas que los otros creen estrellas. Porque hemos de regresar a la ola de la que venimos, esperando haber dejado una huella sobre la playa; volviendo al océano, esta vez para siempre.

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