"The seekers."
En el clima político que nos ha tocado vivir ahora
a las personas nacidas entre los 90 y los 2000 -en un ambiente de relativa
estabilidad económica y social, y un acelerado desarrollo tecnológico-; nos
hemos vuelto testigos de las historias que, ya sea por la época en que se
desarrollaron o el tiempo que ha transcurrido desde su acontecer han sido
enterradas –y hasta ahora desenterradas- por los medios de comunicación, la
falta de transparencia en los procesos legales y judiciales, el tráfico de
influencias, la corrupción del sistema y la protección a las instituciones por
encima del individuo. Es ahora que se vuelven conocidos para nosotros los tejes
y manejes de una sociedad anclada en el pasado, donde los nombres cambian, pero
los papeles jamás, donde la lucha por los derechos humanos avanza a un paso lentísimo
y se encuentra a menudo desarmada por las desavenencias entre sus defensores.
Llama mi atención que el despertar de los casos de abuso de poder a manos de
instituciones políticas o religiosas aún siga torciendo algunas muecas no por la
obvia incomodidad que genera -gracias a la empatía del oyente-, sino a la
impotencia del mismo por saltar a defender lo indefendible. Pareciera que todos
hemos crecido con el abrigo protector de nuestra religión o nuestra inclinación
política durante tanto tiempo que éste se nos ha pegado como una segunda piel
indivisible de nuestra personalidad y nuestras elecciones de vida, haciendo difícil
que nos separemos de nuestro contexto conocido –y a veces amado- para juzgar
con una mirada crítica y objetiva cualquier hecho que le ataña. Ahí es donde
nacen la segregación, la falta de empatía y lo corto de miras al tratar de entender
una batalla que no sentimos como nuestra, una lucha que a menudo puede llegar a
interpretarse como un ataque directo a todo aquello en lo que creemos –y defendemos-.
¿Dónde surge esa urgencia de pertenecer a toda costa? ¿Esa hambre atroz de ver
en las instituciones al padre/madre/protector que nos asegura una vida eterna
de “tranquilidades” y respuestas? La cuestión
es que todos necesitamos algo a que aferrarnos, sea mentira o sea verdad. ¿Es
mi casa la más bonita de la calle? ¿Es este el mejor lugar en que podría haber
estado? ¿Acaso fui yo quien decidió estar aquí? Buscamos continuamente una red
de seguridad que nos proteja de las dudas de fe, de las eventualidades; que dé
cobijo a nuestro pesar, a nuestra necesidad, que abrace el alma apesadumbrada
que no sabemos si tenemos, que nos ofrezca un brazo en dónde apoyarnos. De esta
orfandad espiritual e intelectual se alimentan los monstruos, los villanos que
acogidos en el seno de una familia ideológica hacen uso de su posición para
abusar del hambriento.
Aquellos que se presentan a sí mismos como
verdugos, amigos, redentores de humanos perdidos. Aparecen de pronto y toman el
disfraz de aquello que añoramos: Un consejero, una madre, un mentor; cualquiera
que quiera guiarnos y darnos la oportunidad que tanto merecemos; y que haciendo
gala de una inteligencia finísima nos embaucan en un circo de humo y mentiras.
Los trabajos de investigación documentados –y ahora disponibles al público- que
involucran el trabajo de periodistas, abogados, activistas, policías, civiles,
testigos y víctimas, son la prueba del compromiso que tenemos con la verdad; la
labor incansable de hombres y mujeres que luchan por la justicia, que
representan lo que es correcto, lo humano y lo honorable en un mundo lleno de
grises tan difuminados que nos encontramos casi siempre frente a una verdad
rota, incompleta. Gracias
a todas las personas que arriesgaron –o incluso sacrificaron- su empleo, su
seguridad, su integridad física, su reputación y su cordura, por la –a veces remota-
posibilidad de que el ciclo de abuso de poder no se repitiera una vez más
generación tras generación a manos de una institución corrompida, siniestra e
irrefutable; es que nosotros tenemos acceso a una verdad dolorosa pero
innegable, incómoda pero al mismo tiempo conocida: La versión oficial siempre está
a cargo de quien pueda pagarla. Ahora no sólo somos violentados como sociedad,
sino que, además -tristemente en los casos más afortunados- tenemos que
levantar la mirada con el cuerpo encorvado de miedo y aceptar tímidamente la
palmada que los gigantes nos dan en la espalda a modo de acuerdo, “compensación”
o de premio de consolación a la voz no otorgada, a la justicia negada delante
del público, la pipa de la paz, el cese al fuego de las “provocaciones”
valientes y a los “aquelarres” y “quemas” de nombres; el pago de nuestro
silencio. Y es en ese mutismo que nos arrebatan la posibilidad de encontrar una
verdadera red de seguridad, un grupo de apoyo, una raíz en la cual aferrarnos
para no caer en el abismo de la burocracia, el juicio ajeno, el miedo y el
olvido; la negación del atropello, el trauma. Esa transacción representa el
único nexo con la aceptación de la culpa, es la prueba de un delito que nunca saldrá
a la luz, pero no por eso deja de existir en la mente de la víctima, ni en la
del agresor; quien lo guarda en su baúl de tesoros, de victorias ganadas, de
tropiezos y resbalones que para la institución que lo protege no son más que
eso: Pequeños errores en la redacción de su historia, capítulos enteros que se
pueden censurar, tergiversar a la conveniencia o borrar por completo. ¿A quién
le interesaría la historia de un “anónimo”, de una víctima sin rostro, sin
credibilidad? ¿Qué representa un nombre en un apéndice, en el pie de página de
la historia “mayor”, más antigua e importante? Nada. Porque pocos tomarán la
lupa para leer las letras pequeñas y examinar con detenimiento el hilo quebrado
de la historia, y los pocos que se atreven se encuentran desamparados y solos
en un terreno inhóspito, inconscientes de que hay otros como ellos, tratando de
leer las huellas del camino, de ser una luz en la oscuridad. A todos ellos les
agradezco.
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