Sobre el "día" en que fui invisible.
El 9 de Marzo del 2020 las mujeres mexicanas fuimos convocadas a ser invisibles por un día. Nos llamaron a desaparecer de la fuerza laboral del país, a ausentarnos de nuestros deberes y obligaciones, a reflexionar y a hacer reflexionar a la sociedad sobre lo que significa ser parte de una estadística que tristemente crece de manera exponencial y dolorosa.
Así que "jugué" a desaparecer y en ese ejercicio me dió mucha tristeza encontrarme con la realidad de que en muchas formas mi vida ya era invisible. Ya he sido invisibilizada tantas veces que hacer el recuento hizo que se me aguaran los ojos y sintiera un golpe seco en mi pecho, ante una sorpresa que no lo era para nada.
Mucho se ha dicho en estos días sobre la manera correcta de hacer visible un problema que nos afecta a todos y yo quiero hablar de cómo el problema que nos ocupa ha estado visible a nuestros ojos toda la vida. Puede que mi experiencia sirva para aclarar un poco la razón de nuestra rabia, de nuestro hartazgo y cómo cuando la gente dice que no entiende por qué todo escaló tan rápido yo me muero de ganas de decirles que no lo ha hecho con la rapidez suficiente.
Este es el recuento del "día" en que fui invisible, del día en que "morí para el siglo":
Me sentí invisible cada vez que -cuando niña- me decían que sonriendo me veía más bonita, cuando claramente estaba incómoda ante un gesto, un comentario o una situación inapropiada.
Sentí que me querían invisible cuando un comentario para criarme o educarme era sobre mi falta de moderación, diciendo que yo era una contestona y aunque la violencia estaba mal iba a provocar que alguien -una futura pareja- me pegara para callarme, harto de escucharme replicar.
Quería ser invisible cada vez que alguien sacaba a relucir mi carácter diciendo que "nadie se iba a querer casar conmigo".
Me quise sentir invisible la primera vez -que puedo recordar- que me acosaron en la calle porque traía un shortcito de mezclilla, cuando me di cuenta de que empezaba a ser "una mujercita" y que a partir de ese momento sería sexualizada. Viví con vergüenza todo mi desarrollo sexual, adelgazando de manera preocupante para que no se notaran mis curvas, resintiendo la imagen de mi cuerpo cambiante y negándome a usar vestidos hasta que entré a la universidad porque las miradas me hacían sentir incómoda.
Me quise volver invisible la primera vez que en mi familia se me dijo que "me diera a desear", porque esa frase me sexualizaba y condenaba mi sexualidad al mismo tiempo y ningún preadolescente -hombre o mujer- debiera escucharla nunca.
Me pregunté si todo el abuso era invisible cuando en una boda a la que asistí teniendo 15 años uno de los invitados no pudo llevar a su esposa así que llevó a un amigo/vecino que claramente era un pedófilo y lo sentó al lado de mi hermano y mío.
Me sentí invisible cuando hablando con un amigo de preparatoria sobre la carrera que íbamos a elegir me dijo que pensara en una no tan demandante porque tenía que ponerme a pensar en mi futura familia, que si quería cambiar la sociedad actual para bien tenía que considerar ser ama de casa mientras mis hijos crecían sin siquiera cuestionar que el modelo de pareja o matrimonio pudiera ofrecerme otras alternativas.
Me sentí invisible cuando durante una clase de la carrera le presenté una duda al profesor y para explicarme el tema consideró necesario moverse de su escritorio, colocarse detrás de mí y rodearme con todo su cuerpo para apoyar sus brazos sobre mi lugar en la mesa. Todos mis compañeros -hombres y mujeres- miraron para el otro lado. Dar de baja esa materia arruinó todo mi mapa currícular, mi oportunidad de irme de intercambio y tomar las clases que yo quería con los profesores que hubiera querido elegir. Terminé cursando esa materia en mi último semestre de carrera (10o), era una materia de 3ro.
Me sentí invisible cuando otro profesor me reprobó por faltas argumentando que yo no me tomaba en serio la carrera y callándome cuando intenté explicarle que tenía problemas de salud que a veces me impedían asistir a clases, su respuesta fue que yo no me tenía que inventar nada, que todo el mundo sabía que yo tenía muchos problemas de pareja y que igual era la oportunidad de que aprendiera una lección porque se notaba que todos los caminos se me abrían "por bonita".
Me quise sentir invisible todas las veces que tuve que soportar que mi tutor de la universidad me saludara de beso y abrazo y efusivo por ser mujer porque mi situación escolar no me permitía ponerme los moños y quemar ese puente.
Quise dejar de sentirme invisible todas las veces que me reproché no ser más risueña y "amiga" de la mayoría de mis profesores de carrera para que me prestaran más atención y estuvieran dispuestos a ser mis mentores, poniendo el mínimo de atención en lo que yo quería cuestionar o aprender.
Me sentí invisible cuando me enteré AÑOS después de terminar una relación abusiva (verbal, psicológica y físicamente) que varios conocidos "cacharon" a mi exnovio -cuando aún era mi novio y lo seguiría siendo por largo tiempo- siguiéndome en la calle a escondidas para checar mis pasos y NINGUNO me lo dijo, menos denunció el acto ni me advirtió que estaba en peligro. Porque lo estaba. Todos se sintieron incómodos y finalmente se fueron alejando de él pero ni uno sólo se tomó la molestia de compartir la información conmigo aunque yo estaba siendo víctima de acoso.
Me sentí invisible cuando le expresé a un amigo que estaba asustada -después de que mi ex novio llevara una semana buscándome, preguntando mis horarios de clases, pidiendo mi teléfono y yendo a los lugares donde yo podía estar después de haberle expresado claramente que no quería saber nada de él- diciéndole con una mueca incómoda que si me encontraban tirada en una carretera lo investigaran a él y meses después del comentario ese mismo amigo me hizo saludar a mi agresor en una celebración porque "hay que llevar la fiesta en paz y superarlo", que yo debía ser la persona adulta y no arruinar la ocasión para los invitados.
Me sentí invisible cuando supe que el amigo que lo había invitado a la fiesta era el mismo que meses antes había tenido que acompañarme a la puerta de mi casa al anochecer por si a mi exnovio se le ocurría aparecerse en mi portal y "ponerse de necio".
Me sentí invisible -y me di cuenta de cuán invisible es el abuso- cuando le pregunté a una amiga si no se había dado cuenta de que su relación había seguido un patrón muy similar al que yo viví y compartí con ella y me respondió que cuando me pasó a mí no lo tomó tan en serio porque francamente no le parecía grave, no entendía el alcance de lo que yo le hablaba porque lo había visto con cierto grado de normalidad toda la vida en su propia familia y en su experiencia de vida.
Me quise sentir invisible cada vez que veía a mi exjefe de la escuela acercándose con beso tronador a saludarme sin siquiera cuestionar si me parecía o cada vez que en vez de llamarme por mi nombre me llamaba "sweetheart" (cariño).
Me siento invisible cuando una persona que aprecio opina sobre uno de los muchos casos de violación que logran volverse mediáticos diciendo que "estaban vestidas tal o cuál, si tomaron alcohol en exceso o consumieron drogas ese día" porque yo fui abusada de manera sistemática y gradual durante años, dentro de los cuales me vestí, comporté, hablé de mil maneras diferentes y ninguna de ellas marcó la diferencia para mi agresor.
Me siento invisible cada vez que alguien dice que la ciudad es segura cuando yo camino siempre con un gas pimienta y un taser rogando que si me asaltan no me violen.
Me siento invisible cada vez que alguien dice que lo que está pasando en una exageración y me dan ganas de gritar y reventar cosas y ponerme a llorar y aislarme de una sociedad en la que TODAS las personas que amo han sido víctimas, testigos o cómplices de abuso contra las mujeres y lo han dejado pasar.
Ya estoy cansada de las buenas costumbres y andar de puntitas, aguantándome las ganas de réplica cuando alguien critica todo lo que está pasando o lo demerita. Estoy harta de sentirme decepcionada al ver cuántos adultos niegan a sí mismos y a los demás la oportunidad y el deber ético de crecer de una vez por todas y aprender que EL mundo no es precisamente el mundo en que ellos viven.
Estoy desesperada y ya no pienso esperar más tiempo a que toda la sociedad que me rodea pase por un proceso de aprendizaje comprendiendo de manera dolorosísima que sus amigos, esposos, hijos, nietos, familiares o vecinos son agresores de mujeres y que la mayoría de las personas que quieren -incluídos ellos mismos- son parte de este cáncer tan terrible que es la misogínia cuando lo que estamos viviendo es una carnicería.
No tengo tiempo para que se den cuenta de aquí no existe el "si, pero". PERO NADA. El abuso es abuso, ejerza quién lo ejerza. Lo mismo sucede con el machismo y la misoginia. Qué bueno que tu esposo sea un gran papá aunque no sepa ser un compañero, que bueno que tu jefe sea brillante ante sea un machista, qué bueno que tu amigo sea simpatiquísimo aunque sea un novio espantoso que ejerce violencia, qué bueno que puedas separar al artista de la obra pero eso no quita la mancha de sangre que dejan personas que ejercen la discriminación y violencia en el mismo camino que ellos. Esa no se borra con jabón ni con solvente.
Yo sé que este texto va a romper corazones de gente que quiero, sé que algunos van a agachar la cabeza por la vergüenza o se van a sentir expuestos al encontrarse en él pero ya no me importa. Yo quiero que se encuentren en estas historias y se les rompa el corazón, quiero que sientan esa empatía que tanta falta nos hace como sociedad y que traten de entender en carne propia cuán invisible es esta violencia que vivimos las mujeres todos los días de nuestra vida. Quiero que las mujeres que lo lean sepan que aunque no parezca mucho en números yo siempre voy apoyar esa búsqueda por la libertad y equidad que nos ha cierto coartada y que con tanta urgencia merecemos recuperar. Estoy con ustedes. No están solas.
Comentarios
Publicar un comentario