La innegable realidad del ser
De todas las frases que he leído o escuchado sobre el dolor es la del novelista Juan Gómez-Jurado la que mejor comprendo en carne propia: “La transparente, inmutable realidad que los humanos intentamos negar cada día -que estamos hechos de huesos, de calcio, de carne blanda y frágil se materializa con nefasta realidad.” El dolor es un enemigo que nos une en hermandad y el único que nos mira como iguales, no conoce de geografías ni de líneas temporales, no reconoce géneros o edades ni mucho menos causas. Todos hemos experimentado dolor dentro de este envase de carne y huesos que contiene nuestro ser. Ese envase que ha chocado y retumbado contra su propia existencia en varias ocasiones a lo largo de nuestra experiencia humana. Se expresa en los rincones de nuestra mente o en las orillas de nuestro físico, algunas veces brota del corazón como si se tratara de una arteria gruesa que viaja dentro y fuera de nosotros. Quienes maniobramos nuestra vida acompañados del dolor físico como copiloto entendemos que las tres manifestaciones a menudo se confunden porque se parecen mucho. No se puede separar una de las otras, vienen en un mismo paquete. A veces la única forma de entenderlas por separado es saber describirlas bien para entender cada una mejor.
Tenía seis años la primera vez que sentí un dolor que rebasaba a mi escala y mi capacidad de expresión. Era un dolor que venía de todos lados y ninguno y que al mismo tiempo parecía salirse por en medio de mi cuerpo. La mejor forma de describirlo hubiera sido a través de una máquina invisible, un artilugio que me estaba estirando contra mi voluntad a punto de arrancarme los brazos y piernas del tronco. Esa noche que pasé intentando dormir mientras me revolvía contra las sábanas mojadas de sudor entendí por primera vez el precio de vivir y la lucha extraña que vivimos contra el cuerpo. En mi mente se asentó una amargura infantil cuando me di cuenta de que empezaba a despedirme de ese cuerpo blandito que se iba ir estirando más y más con los años. ¿Esto me va a pasar otra vez?, pensaba angustiada, esperando que alguien me explicara cuando termina uno de crecer y si me iba a doler igual o peor en cada ocasión. No podía decidir si estar al pendiente de aquello llevando un registro del día del crecimiento cada vez que pasara o si iba a dejar que me sorprendiera de nuevo con tal de no vivir preocupada toda la vida. Al final elegí todas y ninguna. Viví con la conciencia del peso de mi cuerpo colgando sobre mí como una flecha apuntada.
Después de ese día he sentido dolor muchas veces. Aunque este envase no crece más no ha dejado de dolerme nunca. Esa flecha me apunta a veces de lejos, a veces de cerca pero siempre me ha seguido el paso, cuando no la siento me asusto. El dolor es mi inquilino incómodo y a veces se sale sin avisar, marchándose sin pagar la renta. Noto su ausencia poco a poco incluso antes de reconocerla, lo cual generalmente sucede antes de que el breve estado de gracia se me esfume entre los dedos y él vuelva. Son tantos tipos de dolor los que han vivido conmigo durante los últimos años, que les he puesto nombres diferentes: están la aguja y la golpiza, el yunque y la ola, la cosquilla y la punzada.
El nombre que les puse es un concepto en sí mismo: la aguja se siente como una lluvia de alfileres que alguien me avienta por todos lados y la golpiza como la cruda de una noche en el ring con el mayor hijo de puta del mundo. El yunque es un dolor tan pesado que no me permite levantarme en la mañanas y que parece jalarme al piso como la gravedad, la ola me impacta como un bloque grueso de agua contra el que debo luchar para caminar y que cada tantas horas se alza delante de mí al doble de mi altura, la cosquilla me da risa y a veces me hace temblar de escalofríos porque me tensa la piel hasta dejarme las sensaciones en carne viva, se siente como si a todo le hubieran subido la intensidad, la punta de los dedos se me entume y arruga tan solo por tocarlos. La punzada me choca pero no dura mucho, esa se siente como si a un cirujano perverso le diera por intervenirme el ojo sin anestesia, metiéndome un taladro chiquito hasta el alma. Aunque a todos esos he sabido acostumbrarme y a todos los he recibo como huéspedes incómodos que entran y salen de mi cuerpo como Pedro por su casa, eso ha tomado tiempo. En este momento mis más acérrimos enemigos son el ácido y el alambre porque caminan quedito y casi nunca los oigo venir, son los más difíciles de describir porque cambian a menudo, quizás porque aún no se acostumbran a su nueva residencia. Al ácido le puse así porque se siente como si la sangre me la hubieran cambiado por un químico que me quema desde adentro, el alambre se siente por fuera y puede ser flojo o apretado. No me acuerdo quién llegó primero y lo que me molesta es que casi nunca vienen solos. Últimamente el ácido llega con un tinitus que he bautizado como el Luismiguel. A menudo aquello que invita a los inquilinos es algo a lo que no pienso renunciar: yo salgo a caminar aunque el yunque o la aguja me acompañen, he subido cerros mientras me peleo con la ola y me niego a dejar de abrazar así me recorran el ácido o la cosquilla, a mi cuerpo le gusta bailar y sentir placer aunque el alambre nos siga de cachetito y el Luismiguel me bese la oreja.
Creo que esas son las letras chiquitas de lo que Gómez-Jurado califica de inmutable realidad: la trenzada línea del existir dónde se mezcla el dolor con todo lo demás.
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