Sobre el regreso de la "heroin chic era"

Mi cuerpo no es lo que solía ser. Ahora parece que no cabe bien en ningún lado. Sus ángulos no son bien recibidos por la línea comercial que sólo abraza lo recto y agudo.  Mi cuerpo y yo ya pasamos por esto. Atravesamos la pubertad en una década infame: Pantalones de mezclilla untados, tallas doble 0, cortes extremadamente bajos, clavículas, quijadas, columna visible, rodillas nudosas y labios partidos; todos ellos como símbolos de belleza hegemónica. Fue duro experimentar cada cambio de mi cuerpo frente a ese modelo imposible. Pero hoy que a mis casi 31 años salí de los probadores queriendo llorar igual que cuando tenía 13,  pensé en lo horrible que es estar pasando por lo mismo una segunda vez. Todos los escaparates, perchas y pilas de ropa parecen decirme que no soy aceptable. Solía usar mi baja estatura como ventaja: lo petit encuentra la forma de colarse y entrar. Si la curva lo sube, la estatura lo hace alcanzar. Ahora ya no puedo confiar en esa proporción. El cuerpo cambia con las décadas. El metabolismo también. Como si las hormonas no fueran suficientes, uno engorda nomás respira. Esto va más allá de mantenerse sano. Cuidar el peso es cada vez más difícil. Especialmente para las mujeres. Debería ser obvio asumir que uno no puede conservar el mismo peso que a los 15 años, pero los medios, la sociedad y la voz interior se sienten engañados una vez que eso sucede. Mientras lo escribo me suena ridículo. ¿Por qué  voy a esperar que el cuerpo -que es la metáfora misma de la vida y el movimiento- permanezca parado, estático sin posibilidad de evolución o crecimiento? Creí que ya había alcanzado cierto grado de entendimiento, de comprensión con mi cuerpo. Que lo respetaba y honraba como el vehículo en que me apoyo para vivir mi vida, pero el regreso de la tendencia hacia la delgadez extrema hace temblar mis convicciones. Estoy enojada. La ira es un sentimiento más fácil de enfrentar que la tristeza que siento al saber que las niñas están creciendo con el mismo concepto torcido y horroroso que me tocó vivir. Como si dos décadas no hubieran servido de nada. Me observo a mí y a otras mujeres siendo esas adolescentes de nuevo, con nuestros cuerpos cambiantes y extraños a los que nos estamos acostumbrando otra vez, enfrentando la visión de prendas tan diminutas que parecen de muñeca. Son tan absurdas que cuando las veo me quiero reír aunque un segundo después piense que su existencia prueba que a alguien le quedan, aunque a mí jamás me quedarían. A mí, que mido 1.50, que podría usar de escondite casi cualquier espacio, que según los índices y medidas me encuentro en un peso promedio (dentro de lo saludable). A mí a quien nunca le ha sido un problema encontrar ropa por su tamaño. Sé que no estoy en mi momento más atlético pero las prendas que veo me hacen creer que tengo obesidad, cuando no es así. No soy tonta. Me veo en el espejo todos los días. Sé cómo soy. Reconozco cada marca, cada borde de mi cuerpo. Aprecio mi físico con honestidad, él y yo no necesitamos máscaras. Son las marcas de ropa las que hacen que crea que el espejo de mi casa está distorsionado, que es una versión decorativa de los espejos de feria. Que no es posible que ese cuerpo tan deforme pueda verse bien en ningún espejo. Las prendas nuevas, las modernas que uno quiere portar, no están hechas para mí. Cuando me las pruebo, escondo con vergüenza este cuerpo que me sostiene, repudio lo que en otras ocasiones considero bello y femenino y convierto en mi mente, aquel placer que siento por comer en el cálculo de gramos, calorías y proporciones. He pensado que si en estos tiempos la verdadera revolución no será acaso disfrutar, recuperar el placer del sabor, del calor y la grasa, ante la tendencia a erradicarlos. Dejar de sentirse avergonzado por disfrutar, por considerar de la vida un gozo en todas sus dimensiones. Tener un cuerpo. Existir en él sin dar explicaciones. ¿Por qué sentimos la urgencia de justificar nuestro tamaño y forma como si fuera un coche usado que estamos intentando vender? "Está un poquito abollado de aquí, pero es por el uso. Todo por servir se acaba." No le debo explicaciones a nadie de lo que como, cuándo o por qué lo como o lo quiero comer. Ni tampoco por qué no lo compenso, bajo o reduzco. Sin embargo, siempre estoy a punto de hacerlo. Me siento obligada. Forzada a revelar decisiones que sólo atañen a la relación más íntima que tengo: la que mantengo con mi cuerpo. No estoy peleada con la idea de adelgazar, el peso fluctúa por muchos factores y siempre hay hábitos que pueden mejorarse; pero odio la idea de la inmediatez, de acelerar el proceso para poder vestirte con algo que no sea tu propia piel. De tener una fecha límite porque no existen pantalones, sacos ni vestidos que existan para tu estado actual. ¿Así cómo puede uno quererse y aceptarse si para sentirte cómoda tienes que rehusar las prendas que muchas veces necesitas? Estoy consciente de que no es una experiencia aislada. El regreso de esta tendencia tan despreciable sólo convirtió el absurdo en algo más evidente para otros como yo. Pienso en el cuento de Carmen María Machado "Real women have bodies": A lo mejor si las firmas de diseñadores siguen reduciendo las tallas, por fin alcancen su sueño dorado de vernos desaparecer.

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